Día tras día, su labor como guardia de seguridad le carcomía por dentro. Era tal el tedio que le estrangulaba, que repetidas veces había contado las escaleras de los dos pisos que separaban el tren de la superficie. En aquella estación de aquel poco frecuentado barrio, jamás ocurría nada excepto el pasar de a penas un centenar de viajeros los días de diario y un puñado menos los festivos. Qué más podía hacer sino desear que surgiera algún problema, algún hurto, cualquier cosa que aliviara ese terrible escozor mental que le daba cuando volvía a mirar a su reloj y el tiempo apenas había pasado. Conocía cada detalle de esa parada de metro, cada palmo del suelo, paredes, y techo habían tenido su momento de dedicación en esos dos largos años de trabajo como guarda, en los cuales no se había ni tomado la molestia de aprenderse el nombre de la taquillera. Aquella mujer de unos cuarenta y largos años era tan escasa de luces que era preferible pasear en círculos toda la jornada, antes que escuchar cualquiera de sus insustanciales comentarios.
Era bien sabido que esa zona residencial, aun en construcción, no merecía una estación de metro. Era un barrio que seguía en levantamiento, carente de escuela y con escasas infraestructuras. Lo mas liviano que podía hacerse como guarda allí, era subir a la superficie y consumir un cigarro a la par que un puñado de minutos.
Con el tiempo, el guarda había desarrollado una capacidad social suficiente como para entablar una conversación de forma espontánea con cualquiera de las personas que solían pasar por allí. Lo que más se parecía a un pasatiempo, era hablar con los transeúntes que frecuentaban el andén, aunque estas conversaciones no pasaban de los 3 minutos, el tiempo que tardaba el metro en llegar.
Un pretérito poco intrincado había desembocado en este presente: tras terminar sus estudios de bachiller, su padre le animó a hacer un curso de seguridad privada en la empresa que trabajaba, con la suerte o la desgracia de que le ficharon en seguida para trabajar en las entrañas de la ciudad como guardia. Nunca fue un buen estudiante, y en aquel momento un sueldo para sus nimios gastos era un lujo muy deseable. Apenas 24 años y le dolía cada vez más el haber dejado los estudios tan pronto.
Largo, y mas largo le parecía a él, era el tiempo que trabajaba cada día en el subsuelo . Su máximo anhelo cada jornal consistía en que la manecilla corta de su reloj alcanzara las veintitrés en punto, hora de salida, hasta cierto día. En qué película o historieta podría soprendernos de la misma forma que a aquella muchacha al guarda. De entre las varias jóvenes que pasaban por aquel poco frecuentado andén, ella destacaba sin duda entre todas. El primer día que la vio pasar, fue como una bomba sorpresa, cuya metralla se incrustó en su cráneo en forma de dudas acerca de quién era y qué hacía. No se armaba de suficiente valor para hablarla, y esa habilidad social que había conseguido a base de ejercicio, quedaba completamente anulada cada vez que la veía. Todas las técnicas aprendidas para romper el hielo, se convertían en caluroso rubor. Una parálisis mental se apoderaba de él cada vez que la chica pasába delante suyo, con un andar a prisa, carpeta de universitaria, y unas gafas de pasta negra que se anteponían a pestañas cuya curvatura no dejaban pasar desapercibidos unos ojos verdosos que parecían brillar con cada parpadeo.
Poseía nuestro hombre una paciencia máxima y una templanza infinita para encarar el peligro potencial que su jornada supone. El día a día es una aventura, no hay espacio ni tiempo para la monotonía o el aburrimiento y nada perturba su concentración.
Era bien sabido que esa zona residencial, aun en construcción, no merecía una estación de metro. Era un barrio que seguía en levantamiento, carente de escuela y con escasas infraestructuras. Lo mas liviano que podía hacerse como guarda allí, era subir a la superficie y consumir un cigarro a la par que un puñado de minutos.
Con el tiempo, el guarda había desarrollado una capacidad social suficiente como para entablar una conversación de forma espontánea con cualquiera de las personas que solían pasar por allí. Lo que más se parecía a un pasatiempo, era hablar con los transeúntes que frecuentaban el andén, aunque estas conversaciones no pasaban de los 3 minutos, el tiempo que tardaba el metro en llegar.
Un pretérito poco intrincado había desembocado en este presente: tras terminar sus estudios de bachiller, su padre le animó a hacer un curso de seguridad privada en la empresa que trabajaba, con la suerte o la desgracia de que le ficharon en seguida para trabajar en las entrañas de la ciudad como guardia. Nunca fue un buen estudiante, y en aquel momento un sueldo para sus nimios gastos era un lujo muy deseable. Apenas 24 años y le dolía cada vez más el haber dejado los estudios tan pronto.
Largo, y mas largo le parecía a él, era el tiempo que trabajaba cada día en el subsuelo . Su máximo anhelo cada jornal consistía en que la manecilla corta de su reloj alcanzara las veintitrés en punto, hora de salida, hasta cierto día. En qué película o historieta podría soprendernos de la misma forma que a aquella muchacha al guarda. De entre las varias jóvenes que pasaban por aquel poco frecuentado andén, ella destacaba sin duda entre todas. El primer día que la vio pasar, fue como una bomba sorpresa, cuya metralla se incrustó en su cráneo en forma de dudas acerca de quién era y qué hacía. No se armaba de suficiente valor para hablarla, y esa habilidad social que había conseguido a base de ejercicio, quedaba completamente anulada cada vez que la veía. Todas las técnicas aprendidas para romper el hielo, se convertían en caluroso rubor. Una parálisis mental se apoderaba de él cada vez que la chica pasába delante suyo, con un andar a prisa, carpeta de universitaria, y unas gafas de pasta negra que se anteponían a pestañas cuya curvatura no dejaban pasar desapercibidos unos ojos verdosos que parecían brillar con cada parpadeo.
Poseía nuestro hombre una paciencia máxima y una templanza infinita para encarar el peligro potencial que su jornada supone. El día a día es una aventura, no hay espacio ni tiempo para la monotonía o el aburrimiento y nada perturba su concentración.
La joven está al final del andén. Armado con su mejor sonrisa se dirige a ella para conquistarla.En contra de las circuntstancias, solo tiene 3 minutos, el tiempo que tardará en llegar el siguiente tren.
No hay comentarios:
Publicar un comentario