lunes, 5 de diciembre de 2016

El guitarrista suicida.



Todos los días lo veía. Era un joven español que tocaba su guitarra clásica sentado en un banco de la cancha de baloncesto a unos 200 metros de mi pequeño apartamento de Montreal.  Cada vez que pasaba no podía evitar quedarme ensimismado en las notas que salían de aquel instrumento, de las cuerdas que bailaban con sus dedos tan armónicamente. Unas veces tocaba piezas clásicas que me resultaban familiares, y otras, canciones de flamenco completamente desconocidas para mí.
Yo tenía una guitarra en casa que llevaba acumulando polvo varios años, desafinada y hastiada en una esquina de mi piso. La había comprado a un amigo que quería deshacerse de ella por un precio irrisorio ... y ahí seguía aparcada.
Cierto día, seguido por un impulso repentino, me senté al lado de aquel joven que tocaba en la cancha, y tras dejar que terminara de hacerla sonar , le pedí que me enseñara.  Él no hablaba inglés, así que con muchas dificultades tratamos de comunicarnos en francés. Entendí que era un joven inmigrante desempleado, y deduje que estaba al borde de la mendicidad. Acordamos un precio y unas horas, y accedió a venir a mi casa un par de días a la semana.

El primer día que vino, me preguntó "Veamos, ¿Qué es lo que sabes hacer?". No sabía nada.
Con gran esfuerzo por su parte y esmero por la mía, conseguí posicionar los dedos en algunos acordes al final de esa clase.

En la siguiente clase me mostró como hacer un par de acordes básicos más, que practiqué intensivamente poco después.

En la tercera clase, el joven no se presentó en mi casa. Curioso yo, llamé a la pensión en la que me dijo que se alojaba y pregunté por él. La casera, que respondió al teléfono, me dijo que se había suicidado.